Seres Imaginarios


Siempre me pregunté cómo hicieron los gurúes del management y los negocios –Toffler y Drucker entre otros- para concebir sus originales metáforas, tan logradas que por sí solas son un sello distintivo de sus prédicas. En sus libros no encontré la respuesta.

Fue así que, frustrado, decidí reponerme con la gimnasia de la literatura fantástica y tomé de la biblioteca “El libro de los seres imaginarios” de Jorge Luis Borges, escrito con la colaboración de Margarita Guerrero. En las páginas de este ameno bestiario creí encontrar una pista del génesis de las famosas metáforas y, en mi imaginación, jugué a ponerme en el lugar de un oráculo del gerenciamiento comercial. En este rol, me propuse legar dos magníficos ejemplos a los comerciales de sistemas para que les sirva de faro en sus procesos de venta. Aclaro que no sé nada acerca de cómo hacer negocios ya que soy programador, pero el comercial es nuestro enemigo natural en cada proyecto de sistemas y aprovecho estos párrafos como una de cal por tantos sermones de arena, horas de trabajo extra y entregas contrareloj por un manejo políticamente incorrecto de las expectativas del cliente y la falta de comunicación interna.

Volviendo al papel del Gurú de las Ventas, les diría que muten como el Baldanders que según Borges es un ”monstruo sucesivo” porque cambia en el tiempo y lo define así: “El Baldanders (cuyo nombre podemos traducir por Ya diferente o Ya otro) fue sugerido al maestro zapatero Hans Sachs, de Nuremberg, por aquel pasaje de la Odisea en la que Menelao persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en serpiente, en pantera, en un desmesurado jabalí, en un árbol y en agua” . El comercial de sistemas debe ser al principio un león para vender el proyecto, luego como una serpiente para acotar los alcances del sistema con el consenso del cliente, ser expectante pantera durante el desarrollo de las aplicaciones para después lanzarse con el desenfreno de un jabalí en la gestión de cobro de las facturas ante la conformidad del cierre de cada etapa. Durante la implementación y el período de garantía, debería levantarse como un árbol y dejar hacer nido al usuario, hacerlo sentir protagonista de caso un éxito para transformarse al final en agua transparente, confiable, un amigo donde el cliente abreve sus consultas y poder detectar la próxima oportunidad de negocio.

Otra bestia mitológica digna de imitar es el Grifo: “..algunos dicen que tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león” -y más adelante Jorge Luis me la deja picando- “En la Edad Media, la simbología del grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que significa el demonio; en general es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: “Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila porque, después de la resurrección, sube al cielo”. De igual manera el comercial de sistemas debería ser el puente idóneo entre el terrenal mundo de los programadores, líderes de proyectos, usuarios de sistemas y personal operativos por un lado, la selva de la oficina y líneas de producción donde debe reinar como un león. Y por otra parte, saber elevarse a las alturas de los niveles decisorios, de los que aprueban los presupuestos y la orden de compra, el cielo que fija el rumbo de la compañía.

Ser alado, mutante, bestia, vegetal, agua, si alguien reuniera simultáneamente estas condiciones de seguro no se ganaría la vida vendiendo sistemas, sería un nuevo Tofller o Drucker o un ser imaginario. Lástima que Borges ya no pueda escribir acerca de él.


¿Los hombres orientados a objetivos, las mujeres orientadas a procesos?


¿Usted sabe quién es Pilar Sordo?
Tal vez si, y me diga que es una reconocida psicóloga chilena que estuvo por Córdoba este año y el anterior dictando una conferencia llamada "Viva la Diferencia" basada en su libro homónimo, fruto de una investigación de 4 años:
http://www.pilarsordo.cl/publicaciones/books/vivaladif.html

Pilar Sordo sacó en conclusión que por su naturaleza humana la mujer tiende a ser "nido", a revivir el pasado, no solo a recordarlo mejor, la mujer está orientada a procesos, tiene el don del "pensamiento mágico" (que a veces puede ser un punto débil). El hombre en cambio busca las "puertas abiertas", tiene su mirada puesta en el futuro más que en el pasado, nuestra memoria tiene compartimentos estancos y pueden albergar recuerdos contradictorios aunque generalmente no integrados, estamos orientados a objetivos, no tiene tanto sentido el camino como llegar lo más pronto a destino.

Me llamó la atención sobretodo lo que me pregunto a modo de título de esta entrada. Y la respuesta, en mi opinión es afirmativa, sobretodo en nuestra profesión en particular, y en la gestión de procesos en general creo que sobran ejemplos. Obviamente esta tendencia natural es perfectible y completada con la experiencia en proyectos y capacitación continua, pero es útil tener en cuenta estas premisas al conformar equipos de trabajo y/o seleccionar nuevos recursos humanos para una organización. En consonancia con la psicóloga, estimo que estas diferencias no deben ser prejucios discriminatorios ni limitantes, pero sí debemos aprovecharlas en su efecto sinérgico, conocerlas, aceptarlas y Vivirlas.

¿Basta de Historia?


Controversial desde la tapa, la propuesta del autor Andrés Oppenheimer, más conocido como columnista de la CNN en Español.
En mi opinión personal disiento con "la obsesión latinoamericana con el pasado". Mas bien creo que los bicentenarios de nuestras patrias latinoamericanas nos han hecho reflexionar y redescubrir nuestra Historia, con mayúscula.
Por otro lado me parece interesante el protagonismo que le da a la Educación, también con mayúscula, en  sus "12 claves para el futuro" y sobre la necesidad de "inventar un PBI educativo".

COMER, REZAR, progrAMAR

A veces los proyectos de sistemas son un desafío equivalente a Construir un avion en el aire. Si aceptas ser parte de ellos, probablemente progrAMAR y REZAR te sean actividades tan necesarias como las COMIDAS de cada día. Y siempre te faltará tiempo...
Comercial de EDS. Director John O'Hagan, Carl Nespoli Stunt coordinator.

Los idiomas de los negocios: inglés y ... ¿portugués o mandarín?

 Almuerzo informal con dos amigos que actualmente cumplen la función de "controller", para nuestro artículo los profesionales A y B.

El profesional A se desempeña en una automotriz internacional con sede en Europa. Para mi sorpresa no reporta a la casa central sino a la regional de Latinoamérica en Brasil, que es de quien depende la producción local.
Por tal motivo, recordamos el pronóstico en los '80 del Mercosur (hoy Unasur) de que obviamente el inglés es la lengua franca de los negocios, pero debería seguirle el portugués por la gravitación económica de Brasil y México (donde el idioma español es nativo) en los países latinoamericanos.

El profesional B trabaja en una empresa de la industria cosmética, originalmente nacional pero recientemente adquirida por un holding indio. El trato con los nuevos dueños es de la gerencia media hacia arriba en inglés. Las relaciones con las empresas del holding comprador se intensificaban a medida que reemplazaban a los anteriores proveedores de materias primas y materiales locales. El hindi no es aún un postulante firme al segundo puesto de los idiomas de los negocios, pero ¿si la companía fuera comprada por una multinacional china?. Desde noviembre de 2009 el consejo para ejecutivos de negocios latinoamericanos era el aprendizaje del mandarín, ya que éste era la lengua de los negocios alternativa al inglés.

Me pregunto, ¿desde el punto de vista educacional no deberíamos plantearnos este tema y agregarlos a los contenidos esenciales, al menos como materias optativas en integralas en los programas desde los niveles terciario, universitario y superior?

A continuación les copio dos enlaces donde se defienden ambas posiciones:
Portugués | Mandarín

Las didácticas hamburguesas

Íconos del "ser nacional" norteamericano, poco saludable pero de preparación rápida, al gozar de popularidad mundial, este alimento siempre está al alcance de la mano de los hombres de negocio cuando quieren explicar un tema técnico de manera más sencilla.

A continuación veamos tres ejemplos.

I. El índice Big Mac
El índice Big Mac de "The Economist" se basa en la teoría de la paridad del poder adquisitivo en virtud del cual los tipos de cambio se deberían ajustar para equiparar el costo de una canasta de bienes y servicios, sin importar el lugar del mundo en donde se compre. Si la canasta es el Big Mac, la hamburguesa más barata se encuentra en China (según índice publicado en The Economist el 14 de enero del 2006), donde cuesta u$s 1,30 comparada con el costo promedio en los Estados Unidos de u$s 3,15. Esto implicaba que el yuan (moneda nacional china) estaba un 59 % subvalorado, o sea devaluado, frente al dólar norteamericano.
Ver índice Big Mac @ The Economist


II. Six Sigma
Los Seis Sigma es uns una metodología de mejora de procesos, centrada en la reducción de la variabilidad de los mismos, consiguiendo reducir o eliminar los defectos en el producto final. Sigma es una letra griega, que se utiliza en el campo de las estadísticas para designar desviaciones, es decir la variación que se produce a lo largo de un proceso. En una empresa, esto significaría cuántos errores se producen a lo largo del proceso de producción. Por su parte, el número seis es, en el nivel sigma, la perfección. Por eso, Seis Sigma significa 3,4 defectos por millón de oportunidades, el mínimo posible. Si por ejemplo una empresa trabaja en uno sigma, estará teniendo 700.000 defectos por millón, y si los hace en dos sigmas, esto querrá decir que comete 300.000 errores por millón.
Un ejemplo para entender el sistema de Seis Sigma, en una cadena de venta de hamburguesas:
Primero se debe medir el proceso durante el período, lo cual arrojará como resultado que servir una hamburguesa demanda de dos a ocho minutos. Luego, se determinará el promedio, se trazará una curva de Gauss, y se medirá la dispersión. Entonces, si el promedio es cuatro minutos, y se tarda seis, Sigma será precisamente la medida de esa dispersión. El tiempo ideal tendrá relación con el tiempo que los clientes quieren destinar a la espera de la hamburguesa. Por cierto, no será el tiempo mínimo, ya que los clientes también querrán que la hamburguesa esté bien cocida y convenientemente sazonada, pero sí el tiempo mínimo en que se podría otorgar el mejor producto.

III. Las curvas de indiferencia
Dentro de la teoría de la elección del consumidor que investiga el comportamiento de un agente económico en su caracter de consumidor de bienes y servicios, existe una herramienta extremadamente útil para facilitar el análisis de las consecuencias de las variaciones de los precios. Esta herramienta se conoce como las curvas de indiferencia, que proporciona las diferentes combinaciones de bienes que otorgan el mismo nivel de utilidad o satisfacción a un individuo.

La curva de indiferencia se traza simplemente preguntando a un individuo qué combinación de bienes prefiere, por ejemplo: 10 hamburguesas y 5 películas; 15 hamburguesas y 3 películas, 20 hamburguesas y 2 películas, o 5 hamburguesas y 7 películas. Nótese que a meida que una opción aumenta, la otra disminuye. Cuando se llega a dos opciones que son indiferentes para el individuo, estos dos puntos que las representan se encuentran en la misma curva de indiferencia. Si se desplaza a lo largo de la curva en un sentido, está dispuesto a aceptar más películas a cambio de menos hamburguesas, si se desplaza en el otro sentido está dispuesto a aceptar más hamburguesas y menos películas. Pero cualquier punto dentro de esa curva (por ejemplo la curva A de la gráfica), le reporta el mismo nivel de satisfacción.

El hombrecito del azulejo

Este cuento me encontró en el "Paraíso", la casa de un gran escritor argentino en la localidad de La Cumbre (en de las sierras de Córdoba, Argentina), a quien afectuosamente le decían "Manucho".
Es tan simple y rico en metáforas que fue inevitable pensar en los puntos en común que tienen este niño Daniel, falleciente, y una PYME, empresa pequeña y por general familiar, en situación de crisis durante este período de coyunturas económicas.
El mensaje es positivo, y creo que da esperanzas a aquellas organizaciones que sepan encontrar su "hombrecito del azulejo" que las ayude a sobrevivir en el mercado actual.
EL HOMRECITO DEL AZULEJO
Cuento de su libro de "Misteriosa Buenos Aires" 

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

­Esta noche será la crisis.
­Sí ­responde el doctor Eduardo Wilde­ ; hemos hecho cuanto pudimos.
­Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche. . . Hay que esperar...

Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. 
Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.

Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

­¡Martinito! ¡Martinito!

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.

Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

Ni un rumor se oye en la casa. E1 ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.

La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie saca la cabeza del caparazón.

La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

­Madame la Mort...

A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.

­Madame la Mort...

La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.

­Al fin­ reflexiona la huesuda señora ­ pasa algo distinto.

Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla  ­los gatos, los perros, los ratones­ huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto ­los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas­ fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.

Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?

La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.

Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ellá le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...

La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.

Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con

Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba lla produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.

La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.

­Y además...- prosigue el hombrecito del azulejo.

Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable
distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue v lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.

­El se ha salvado­ castañetean los dientes amarillos de la Muerte­, pero tú morirás por él.

Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en Ia Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros.

Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido es a vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.

Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un dia vienen a Ia casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

­¡Ahí va algo, abarájenlo!

Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.

Todo tiene logo | Todo tiene Wi-Fi



"Todo tiene logo...si no tiene logo, falta poco" canta Kevin Johansen con ironía en "Logo".
Parece que este dogma del "branding" para que un producto o servicio exista en el mercado se ha extendido a una funcionalidad tecnológica. Y como una imagen vale más que mil palabras, les muestro su logo y Usted seguramente sabe a qué me estoy refiriendo.
Hoy en día, parece ser que un producto o lugar de servicios "no es moderno" si no tiene Wi-Fi, ya sea teléfono, televisor, equipo de audio, automóvil, ruta, estación de servicio, bar, prenda de vestir, etc., etc. Lo único que se salva es la cerveza (leer al final). Y traer a colación el logo, y sobre todo el nombre Wi-Fi, no es una analogía forzada, sino que su popularidad se debe en gran parte al éxito de un trabajo conjunto entre entes reguladores y tecnológicos.
La Wi-Fi no esxstiría sin una decsisión en 1985 de la Comisión Federal de las Comunicaciones (FCC, según sus siglas en inglés), el ente regulador de las comunicaciones en los E.U.A., para que se abrieran varias bandas del espectro inalámbrico, permitiendo que se usaran sin necesidad de solicitar permiso del gobierno. Esta genial medida fue impulsada por un ingeniero visionario de su plantel, Michael Marcus, quien tomó tres segmentos del espectro de las bandas industriales, científicas y médicas y los abrió a los emprendedores de comunicaciones.
La industria comenzó a construir dispositivos inalámbricos para redes de área local que aprovechen esta funcionalidad con sus propias especificaciones hasta que en agosto de 1999 las empresas líderes en este segmento del mercado, se juntaron para crear la Alianza de  Compatibilidad Ethernet Inalámbrica (WECA, por sus siglas en inglés). La idea era que esta entidad certificara que los productos de distintos vendedores fueran verdaderamente compatibles entre sí.
Pero las exrpesiones "compatible con los requisitos de la WECA" o "cumple con las normas 802,11b de la IEEE" no se pronunciaban fácilmente. La nueva tecnología necesitaba un nombre más afín para los consumidores. Las consultoras de marca sugirieron varios nombres, entre ellos  "FlankSpeed" y "DragonFly". Pero Usted ya conoce al rotundo ganador. Wi-Fi suena un poco como "Hi-Fi" y los consumidores estaban acostumbrados a la idea de que el reproductor de CD de una compañía funcione con el amplificador de otra, por lo que se lo eligió. La idea de que Wi-Fi significara "fidelidad inalámbrica" o Wireless-Fidelity fue más tarde (leer artículo completo "Una Breve Historia de Wi-Fi"The Economist, 10 de junio del 2004.).
Así llegamos doce años después a encontrarnos conque todo tiene que tener Wi-Fi para que exista, o al menos, para que se lo considere "vigente". Vayan dos botones de muestra:
Obviamente la publicidad refuerza estos conceptos, no sólo por adhesión, sino también invitando a los consumidores a "des-contectarse", como la cerveza Corona que propone un movimiento "no-fi":
Pero a este original y divertido, concepto en la red ya le han encontrado su punto débil. Si Wi-Fi significa Fidelidad Inalámbrica, "no-fi Corona" ¿no estará proponiendo la no-fidelidad a la cerveza Corona?

Águilas motviacionales

Les toca a las águilas ser protagonistas de fábulas modernas para impulsar a los seres humanos a imitar su valor y espíritu de renovación. Así las vemos volar soberanemente para conferencias y videos motivacionales en contraste contra otras aves menos afortunadas como son los patos y las gallinas. En fin...

Ser timonel en la etapa tormenta.

Según el PMBOK(r) , hay cuatro etapas de desarrollo y crecimiento del equipo de todo proyecto. Ellas son: formación, tormenta, adaptación y desempeño. Le toca al PM, Gerente de Proyecto, la desafiante responsabilidad de manejar el estrés del proyecto y resolver los conflictos, sobretodo en la etapa de tormenta, donde le toca cumplir el rol de timonel, además del de capitán de navío.
La música tal vez pueda servirle de auxilio para aliviar tensiones en esos momentos donde, a pesar de que se tiene más claro el objetivo del proyecto y los integrantes han comenzado a trabajar en sus actividades, comienzan a surgir problemas de expectivas, sentiminetos de frustración, enojo, hostilidad y cuestionamientos a las decisiones del PM.
A los problemas "It will defeat you and then teach you to get back up" nos dice Jack Jhohnson en "Hope".

Para alinear los objetivos personales con los del proyecto, y motivar a un miembro del equipo nos da letra Jason Mraz: "I reckon it's again my turn to win some or learn some" en "I'm Yours".

Y no podía faltar un himno del optimismo "Don't Worry Be Happy" de Bobby McFerrin que nos recuerda "In every life we have some trouble But when you worry you make it double"